Ni estudio, Ni Trabajo, Ni me interesas.

No molestes, solo quiero vivir mi vida.

Ayer vino mi “Vieja” contentándome sus movidas. Siempre insultando, siempre llamándome «Perro, que solo vales para comer y aprovecharte de mí.» Estoy arto de que me traten así y me digan lo que tengo que hacer constantemente. No saben nada, no me escuchan, solo bla, bla, bla… Llego al “Insti” y el tío comienza a increparme como si fuera mi padre, “solo valdrás para trabajar de pordiosero”. Lo miré y no veas cómo me apetecía reventarle la cara al Pavo ese. Pero quién se habrá creído que es, decirme lo que voy a ser en la vida. Le voy a…

Paso de curros, te tratan como un bicho raro por cuatro euros. Todo se lo llevan ellos. ¡No con mi sudor, no con mi sangre! Esta vida es un asco. Voy a pegarle fuego a todo y reventar lo que no está escrito. De todas formas seré un animal, o al menos eso me dicen constantemente. ¡Vaya mierda!

Cuando te asomas a un relato así pensarás muchas cosas, menuda juventud. Es cierto que es muy desagradable oír la justificación de la violencia. Es probable que fueras elaborando un juicio de valor mientras atendías sus palabras. La cuestión fundamental que se desprende es si realmente nos hemos preocupado por los hechos o por las causas.

Nada es fortuito. La influencia de una familia desestructurada, un barrio que no posee las mejores condiciones sociales, un contexto que no acepta diferentes ritmos… pueden ser condicionamientos que determinan las acciones de una persona. Si para un adulto resultaría difícil, es fácil imaginar el impacto en un adolescente. Evidentemente no se puede justificar los malos tratos hacia el profesorado, padres o educadores. Hay que perseguir al infractor, pensaríamos de manera simple. Pero qué ocurre con los recortes en educación, en proyectos de incorporación social, en la instrucción de padres, en revitalización de distritos…

 

¡No abandones!

 

Juan José González-Albo

 

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